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Colgar el sambenitoDomingo, 30 de Abril de 2017 02:07 a.m.

Todo fue tan rápido, aún no lograba comprender por qué estaba vestido así. Aquella mañana parecía que empezaba un día ordinario, y de pronto... llegaron los de la guardia real, y sin darle ninguna explicación, lo condujeron a empellones a las mazmorras de la Santa Inquisición. Tres días con sus noches los pasó sin agua y sin comida en aquel frío y húmedo calabozo. Al cuarto día, lo condujeron ante aquel tribunal de monjes, cuyos hábitos café oscuro acentuaban más lo sombrío del lugar.

Al ser acusado de herejía, quiso defenderse, pero la severa mirada de los inquisidores lo enmudeció. Su “delito” podía ser castigado con la muerte, pero las autoridades eclesiásticas le concedieron una “bondadosa” alternativa. Tendría que ceder todos sus bienes a la Iglesia y someterse al rito de reconciliación.

Lo que más le dolió fue perder aquella casa que con años de esfuerzo había construido a la vera del arroyo. Significaba tanto para él que nunca la quiso vender, a pesar del enojo del sr. obispo, que tantas veces insistió en comprársela.

El día que firmó la cesión de sus bienes a la Iglesia, también le pusieron un sambenito. Así le llamaban a un capotillo de lana amarilla decorado con llamas de fuego y con la cruz de San Andrés grabada al frente. Desde ese momento tendría que traerlo puesto, hasta que cumpliera su tiempo de penitencia. Al caminar por las calles, sentía que las miradas mordientes de los vecinos le arrancaban a pedazos lo que le quedaba de su honor. Todo fue tan rápido; aún no lograba comprender por qué estaba vestido así, con un “sambenito” puesto.

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Del “sambenito”, un síntoma de la enfermedad de poder que aquejó a la Iglesia católica, dejó noticia Alonso de Villegas, que en 1594 escribió: “Y paréceme a mí que, assí como sería desatino si al herege que los inquisidores penitenciaron, y en señal de penitente le mandaron traer un sambenito de paño amarillo con una aspa colorada de San Andrés (lo cual tuvo origen de lo que en la primitiva Iglesia se usava, y era que en la Cuaresma a los logreros y a las mugeres públicas pecadoras, si se querían emendar y dexar sus malos tratos, el miércoles de ceniza, el obispo o cura les ponía un saco, derramándole ceniza sobre sus cabeças, y con el saco andavan toda la Cuaresma hasta el día de Pascua, en que si avían bien aprovado en la penitencia los admitían a la Comunión de los fieles, estando antes de por sí en lugar apartado; llamavan bendito aquel saco porque le bendecía el obispo cuando se le ponía, y de saco bendito vino ‘sambenito’; la aspa de San Andrés denota que faltaron en la Fe, porque San Andrés fue el primer cristiano y murió aspado, todo lo cual, con un texto del Decreto y autores graves tengo provado en otra parte)”.

De esta antigua costumbre, ha quedado una huella en nuestro lenguaje. Cuando se difama a alguien, adjudicándole una culpa sin más base que tendenciosos prejuicios, solemos decir que a esa persona “le colgaron el sambenito de...”. Un ejemplo del actual uso de esta expresión lo encontramos en el siguiente texto: “La gente estaba descontenta con la situación; pero no podías decirlo muy alto, porque cualquiera te podía denunciar; te ponían el sambenito de traidor a la República y ¡pum! en la cabeza. Te daban el paseíto enseguida”.

El sambenito de hoy, ya no está hecho de lana amarilla, ya no está decorado con la cruz de San Andrés, ya no está bendito. Ahora está hecho de palabras venenosas que sin escrúpulos matan reputaciones.


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