icon_facebookicon_twittericon_linkedinicon_instagram
icon_busqueda
Logotipo El Horizonte
Monterrey, NL
Clima
Coincidencias Por: Armando Arias Hernández AmbulandoMiércoles, 29 de Julio de 2020 01:36 a.m.

Hace dos noches, cerca de las 08:00, cuando la luz del sol era muy tenue y a causa de la lluvia la energía eléctrica se había cortado un par de horas antes, disfrutaba de un momento de convivencia con mi familia, privados todos de cualquier equipo electrónico.

Preocupados por la carencia de energía, sobre todo por la necesidad de conservar los alimentos del refrigerador que hacía unos años había sufrido un apagón por casi dos días y debimos recurrir al uso de hieleras provisionales para preservar lo que ahí se almacena, optamos por evitar abrirlo y hacerlo solamente para lo esencial. Aproveché el momento en el que mi esposa sacó los ingredientes de lo que prepararía para la cena y en un movimiento ágil extraje una botella de cerveza que una noche anterior había dejado a medio terminar y que guardé usando un tapón de silicón, de esos que se utilizan para tapar botellas de vino en un intento por conservarla en buen estado. 

Mientras la cena estaba lista, me dediqué a terminar un escrito y a responder una llamada telefónica. Un poco después me acerqué para sentarme en la mesa del antecomedor, cuando de pronto los aparatos eléctricos volvieron a funcionar y sonaron pitidos de alerta al hacerlo, como resultado de la reenergización que provenía de la red eléctrica. 

La coincidencia que en aquel momento hizo que me sorprendiera fue causada por un fenómeno curioso y extraordinario, primero porque nunca antes había guardado una botella con cerveza luego de haberla abierto, luego porque nunca antes había usado aquel tapón para el vino en la botella de cerveza y al final porque en el segundo exacto en el que el pitido de los aparatos activados por la corriente eléctrica se escuchó un sonido semejante al que hace un corcho al ser expulsado por la presión del gas de una botella de champagne o de sidra, y cruzó por encima de mi cabeza el tapón de silicón azul que sucumbía ante la presión de aquella bebida que esperaba por mi en la mesa. 

Seguido de aquello, un sonido gutural de sorpresa y susto salía de mi diafragma, en lo que representó un espectáculo fugaz irrepetible y espontáneo que tuvo lugar ante la mirada divertida de mi esposa, en la cocina de nuestra casa. Luego de la sorpresa vinieron las risas y el razonamiento sobre lo que recién había pasado y que sirvió como preámbulo a la cena. Pero un poco más tarde sirvió aquella experiencia como una anécdota que provocaría en mí una o más ocasiones para reflexionar. 

Con el paso de los años fui notando una pérdida progresiva de la capacidad de asombro que puedo contrastar con la forma en el que se configuran los mensajes y las historias que encontramos en los medios y en las redes. Pocas películas de las décadas pasadas pueden conquistar la atención del público joven o del mayor y se convierten en tediosas o aburridas por su ritmo lento y su poca acción. Lo mismo ocurre con los programas de televisión o con los libros. Cada vez se requieren estímulos más fuertes para que nos causen sorpresa o asombro. Una puesta de sol o un amanecer, las cosas simples y gratuitas han quedado insípidas. El encierro por la pandemia ha permitido una desaceleración en el ritmo vertiginoso que vivíamos ordinariamente y nos ha dispuesto a vivir con más simplicidad y disfrutar pequeños momentos de convivencia familiar como grandes y valiosos acontecimientos. 

Recuperar la capacidad de asombro nos humaniza y nos capacita para disfrutar con lo simple y grandioso que nos ofrece la vida.

OpenA