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Monterrey, NL
Clima
Ciudad veneno Por: Samuel Rodríguez El Despertar de la MiradaJueves, 10 de Septiembre de 2020 00:00 a.m.

Imaginemos a una ciudad enamorada del dinero. Imaginemos una ciudad en donde los centros comerciales son los nuevos templos. Imaginemos una ciudad cuyos habitantes amen los deportes, pero destruyan a la naturaleza.

No hay que ir tan lejos para encontrar esa ciudad, basta con que el lector abra su ventana y verá esta urbe, la ciudad de Monterrey convertida en una maquinaria descomunal, harta de polvo y humo. Una ciudad que tuvo que inventar un rio urbano ya que durante años se dedicó a asesinar a los ríos que la rodeaban. Una ciudad en la que la gente no importa por sí misma, importa por su nivel de consumo o por la calidad de sus automóviles. Una ciudad que se autonombra la ciudad de las montañas pero que cada día las devasta.

El orgullo de esta ciudad, su industrialización, hace tiempo que se nos ha ido de las manos y ahora vivimos entre el veneno, un veneno real, que respiramos todos los días, y un veneno espiritual al que no le importa acabar con los centros culturales de los que ciertamente tenemos pocos. Si unimos ambos fenómenos, la devastación ecológica con la devastación cultural, nos da como resultado una ciudad orgullosa pero enferma, da como resultado una población que se da a sí misma la ilusión de vivir en una gran ciudad, pero que se revuelca entre los venenos de las industrias todos los días.

Si bien los efectos de la contaminación están muy estudiados, los efectos de la devastación cultural no lo están tanto. Una sociedad sin salidas culturales, sin sitios donde explorar la potencia de las artes, sin espacios dignos para elaborar discursos artísticos, es una sociedad victimizada por los medios, por la publicidad y por el capitalismo salvaje que nos circunda. Este afán feroz por transformar todo en consumo acabará por hacer de nuestro mundo una gran mina, de paso creará en las personas, si no es que ya o ha hecho, una conciencia pervertida que verá al otro como una posibilidad de explotación y no en sus dimensiones humanas.

Esto es lo que en realidad le aporta el arte y el pensamiento a las sociedades: la opción de revisarnos en nuestras dimensiones musicales, ideológicas, sexuales, étnicas o geográficas. Es decir, es una fuerza que derriba las barreras que los tiempos nos construyen, nos permite conectar y revelarnos en nuestra autenticidad. Al experimentarnos en las artes, en las crisis del arte, aprendemos que podemos ser libres. Cuando a una sociedad se le quita todo esto, lo único que se provoca es la asignación de cadenas y calabozos. Una sociedad sin espacios pertinentes para desarrollar sus deseos artísticos, críticos, y expresivos, es una sociedad condenada a la asfixia social.

El cierre de uno de los espacios culturales más apreciados de esta ciudad abre el debate sobre que tipo de sociedad queremos, y que tipo de sociedad civil es la que al final rige nuestros destinos. Esperaría que los grandes grupos financieros, empresariales y académicos respondieran a esto con la apertura y promoción de centros cinematográficos, pictóricos, literarios, comunitarios, esperaría que el cierre del centro cultural más grande de la ciudad se tradujera en una necesidad de lucidez que nos imponga a todos la tarea de resistir desde la fuerza de las artes. De otra manera estaremos siempre a un centímetro del verdadero abismo social. Una ciudad que no protege su memoria es, decididamente, una ciudad veneno.

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