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Casa de oración Por: P. Alejandro Ortega Trillo Alejandro Ortega TrilloLunes, 8 de Marzo de 2021 02:00 a.m.

Nada más nuestro que ese “yo” que guarda sus más íntimos secretos, que evoca sus ideas y locuras más únicas, que vive como nadie sus amores y sus sueños. Sin embargo, otro es el verdadero dueño de ese espacio tan nuestro. 

Al echar fuera a los mercaderes del templo, Jesús se airó no sólo contra sus estafas en el ejercicio de una actividad de suyo necesaria –cambiar las monedas y vender los bueyes, ovejas y palomas para los sacrificios que ahí debían ofrecerse–; sino, sobre todo, contra el espacio que ocupaban en el interior del templo. “No hagáis de la casa de mi Padre un mercado” –les ordenó. 

Con igual fuerza y motivo, Jesús nos conmina a despejar el corazón, a echar fuera todo aquello que perturbe su sosiego interior, a desalojar los intereses ajenos a su esencia, a acallar los desconcertados voceríos impropios de ese recinto sagrado, de ese templo y casa del Padre.

Ojalá no consintamos que nuestro corazón se convierta en un mercado ni, mucho menos, en una “cueva de ladrones”. Pero eso llega a parecer cuando abrimos sus accesos a la codicia materialista, a la ambición malsana, a la obscenidad, al cálculo oportunista, al ansia de cobrar todas las deudas, al intercambio interesado de afectos, y a otros intrusos semejantes.

¡Qué visión tan precisa y clara tiene Jesús de nuestro corazón! ¡Y con qué celo quiere defenderlo! Bien sabe Él que es en ese recinto sagrado donde nos encontramos a solas con Dios, donde gestamos nuestras intenciones más profundas, donde generamos los pensamientos, palabras y decisiones más nuestras; donde, en definitiva, decidimos nuestro destino eterno. 

Por eso, nuestro corazón pide sosiego, desembarazo de todo lo que le es ajeno; exige la serena armonía –tejida de silencio, luminosidad y buen gusto– que corresponde a un templo. Pero bien sabemos lo difícil que es lograr esto en un mundo como el nuestro, siquiera un minuto. Pero no es imposible si, como Jesús, nos habituamos a defender sus accesos. “La casa de mi Padre –dijo Jesús– es casa de oración”. Tal es la más íntima esencia y el destino definitivo de nuestro corazón.

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