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Cartas a Eufemia Sábado, 30 de Marzo de 2019 01:15 a.m.

No merecía el presidente López Obrador los insultos de dos excelentes escritores en nuestras lengua –Pérez Reverte y Vargas Llosa– por el desatino cometido enviando sendas cartas al papa Francisco y a Felipe, rey de España, pidiéndoles, se dice, se rumora y se especula, que el reino de España y el Estado Vaticano pidan oficialmente perdón a los mexicanos por los desmanes cometidos por sus soldados y sus clérigos durante la Conquista de México, que va a cumplir cinco siglos en años en que, esperamos, le queden solamente tres años al presidente López Obrador.

Se dice, se rumora y se especula, porque el presidente de México no quiere, por ahora, revelar el texto de sus cartas enviadas. Dice que no las hace públicas por respeto a sus destinatarios, que ya fueron evidentemente ofendidos, dada sus respuestas aparentes. El sustento es que la Conquista fue hecha al amparo de la cruz y de la espada.

Le pregunté a mi hija adolescente si en su escuela preparatoria el asunto de estas cartas era tema de interés y me sorprendió diciendo que sí, que una gran mayoría consideraba extemporáneo el reclamo y los demás bastante tonto. El primero es indiscutible: México, ya país, ha sufrido agresiones, afrentas, despojos y discriminación mucho después de que Cortés llegara, eso sí hace quinientos años, a Veracruz. ¿Por qué, preguntan los jóvenes, no se reclama a Estados Unidos el despojo de medio territorio nacional o el par de invasiones a nuestro, que sin duda causaron muertos? ¿Por qué el nacionalista gobierno mexicano no reclama las ofensas –“si México no contiene la migración del sur voy a cerrar la chingada frontera”– de Donald Trump?

El segundo es más importante porque es conceptual, histórico, filosófico, moral, legal y de dignidad.

Yo soy mexicano. Como tal, llevo en mi sangre, aunque no pueda aportar constancia escrita de ello, genes de aborígenes de esta tierra y de decenas de etnias que a ella llegaron por diferentes circunstancias. Soy apache, comanche, puerépecha, azteca, español (y en consecuencia árabe, judío sefardí, marrano, celta, ibérico, marroquí, franco, galo), de la misma manera en que llevo sangre de algún polaco que se fugó con una tía tatarabuela mía, o un libanés que nos vendía cortes de tela, un chino que llegó hace dos siglos a Tijuana o una francesa que dejó al marido por un lejano pariente de allá del norte durante la Guerra de los Pasteles. En mi generación no hay una persona que no haya sido salpicada por el saber, el sentir, el enseñar de distinguidos españoles que Cárdenas acogió a consecuencia de la Guerra Civil Española. 

Una interpretación simplista del texto de Octavio Paz en El Laberinto de la Soledad –los mexicanos somos hijos de la Chingada– nos asigna el papel de una victimización que no existe porque en la forja de este hermosísimo país todos fueron victimarios y a la vez víctimas.

¿A quién le deben pedir perdón los herederos de los castellanos pasados a cuchillo en Tenochititlan, abierto su pecho, extraído el corazón y comidos sus piernas por los sacerdotes de Huicholobos? ¿Dónde está la ventanilla de reclamos por el grito de la lucha de Independencia de México – en principio una insurrección a favor de un monarca español– que proclamaba “vamos a coger cachupines”?

El presidente, sorprendido ante el revuelo que sus cartas desataron, celebra que haya puesto el importante tema a discusión y haya despertado el racismo que sigue existiendo en nuestro país. Ese racismo lo vemos todos los días en la discriminación de nuestros indígenas, en su dignidad, su lengua, pero, sobre todo, en su pobreza. 

PILON. Es lamentable la pedestre observación que hizo ayer a Ciro Gómez Leyva en radio el español Antonio Solá, supuesto estratega político “fabricador de presidentes” –igual que un charlatán apellidado Rentería en Nuevo León fue fabricante de un gobernador– sobre el presidente de México. Yo no voy a defender la postura de nuestro presidente en torno al añejo –rancio– discurso sobre la crueldad de la Conquista de México y qué porcentaje le correspondió a los aztecas y qué a los soldados de Castilla, porque hace cinco siglos ni México ni España existían y ni a sueño de nación llegaban. El señor Solá, a quien se atribuye la creación del slogan en contra de López Obrador que identificaba a AMLO como u peligro para México, fue, según se afirma, diseñador de campañas presidenciales para varios derechistas convictos y confesos, entre ellos notoriamente Vicente Fox y Felipe Calderón. Cada quien su vida.

En una cita desafortunada del muy popular filósofo de Güemez –pueblo de mi noreste querido–, Solá recordó la comodidad de navegar con bandera de pendejo. Indujo así que Andrés Manuel navega bajo ese blasón porque como no tiene nada que ofrecer para el futuro se dirige persistentemente al pasado. 

El señor Solá, como el Rentería que el regiomontano alquiló, ha navegado siempre con la bandera del inteligente y dotado publicista que dice ser. Allá los que le compraron su verbo y se lo sigan pagando, porque cobra caro, según me dicen. 

No es más que un prostituto de la política. Oficio, que se sabe, es muy antiguo. 

felixcortescama@gmail.com


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