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Carta a Quino Por: Samuel Rodríguez El Despertar de la MiradaJueves, 8 de Octubre de 2020 00:00 a.m.

Querido Quino:

Existe en mi ciudad una pequeña calle, una calle humilde, ajetreada, llena de vida y harta de polvo: la calle Galeana. Está en el centro de la ciudad, estos centros que el mercado voraz y desalmado ha intentado devastar. En esa calle sobreviven milagrosamente pequeñas librerías de libros usados. Quien entre podrá encontrar un sabor inmortal, ese que tú conocías muy bien, el de libros viejos, húmedos de misterio, llenos de fantasmas, que están ahí, dóciles a la espera de una mano generosa que los lleve a casa.

Fue ahí, en una de esas librerías perdidas que encontré la colección casi completa de las historietas de Mafalda, digo casi porque faltaba uno, como si el destino quisiera informarme sutilmente que la perfección esta sobrevalorada. Pienso a menudo en esas librerías, son quizá los verdaderos puntales de la tierra, esos que evitan que todo esto se nos venga encima y nos devaste como a aquel personaje de Poe. Luego, cuando caminé por Buenos Aires y en Corrientes o en San Telmo encontraba alguna pequeña librería aferrada con los dientes al ritmo del mundo pensaba que quizá ahí encontraría el ejemplar de Mafalda que me faltaba para completar mi colección. Entré a todas y no lo encontré nunca, o no quise encontrarlo. Al mantener incompleta la colección me hacia a mí mismo la ilusión de que me esperaba algo más por descubrir. Con el tiempo lo dejé así. De vez en cuando, con la vida sonando como una tormenta, me refugiaba en tus personajes, en eso interminable que salió de tu mente de niño justiciero y siempre encontré una sonrisa franca, aguda, transparente, musical que me ayudó a sobrevivir al naufragio en turno.

Hoy que ya no estás, que la tierra te cubre como un jardín de rumores, me doy cuenta de que mientras existan librerías perdidas que sobrevivan el embate de los tiempos, tu obra estará segura. No se si creo demasiado en estos sistemas fríos de entregas a domicilio, no lo sé.  Y es que llegan los libros envueltos en sobres sin alma como si fueran pequeños cadáveres ambulantes, llegan a casa y uno debe hacer el esfuerzo enorme por traerles de nuevo a la vida. En las librerías viejas, el libro cobra vida justo al dejar el estante y nuestros dedos se convierten entonces en pequeños dioses móviles proveedores de vitalidad. Esto es lo que he sentido a leer a Mafalda, una adecuación perfecta entre libro y lector. No cometeré el error de intentar interpretar a tus personajes, están bien así, ramificándose en la imaginación de cada uno. Sólo quiero decirte que sin ellos sería muy triste visitar las librerías viejas y destartaladas que son en realidad la primer trinchera de la rebeldía. Sin tu obra, sin tu Mafalda, sin tu Guille, sin tu Miguelito, sin tu Libertad, sin tu tortuga "Burocracia", sin tu Manolito, sin tu Felipe, sin tu Susanita, algunos de nosotros seríamos simplemente imposibles.

Permítenos llorarte dulcemente, aquí, entre el polvo citadino y la luz del final del día; pero luego permítenos también intentar un motín y rebelarnos contra la banalidad, contra la opresión, contra la vileza, contra la infamia de este tiempo aciago. Al final, esta rebeldía es lo que se activa sosegadamente en el espíritu de tus historietas.

Antes de despedirme, Quino querido, miro a mi incompleta colección de historietas, reposa en mi librero, crece en el tiempo. Se que cada aleteo de sus hojas tendrá el poder de provocar un huracán.

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