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Clima
‘Calidad sin evaluación’, sólo a AMLO se le ocurreDomingo, 31 de Marzo de 2019 00:26 a.m.

La calidad de cualquier producto o servicio depende de la evaluación. “Calidad” y “evaluación” son términos que van ligados siempre. Esta es una máxima mundial y se aplica en todo. ¿Cómo se establece la calidad de un estudiante? Evaluando su desempeño. ¿Y la calidad de un maestro? Pues evaluándolo también. ¿Y la calidad de un programa educativo? E-va-luán-do-lo. Cualquier sistema educativo –desde el jardín de niños– contempla evaluaciones de todo proceso para determinar su calidad.

¿Qué pasaría si un producto manufacturado no fuera evaluado por quienes lo fabrican, por los que lo venden y por sus usuarios? Muy sencillo: no habría forma de determinar su calidad porque esa es la unidad de medida que permite darle a ese producto un valor determinado. Sin evaluación no hay calidad, punto. Bueno, pues todo lo anterior, que es del dominio universal, acaba de ser mandado al caño por López Obrador al declarar pública y ostensiblemente que la evaluación de los maestros no es una prioridad de su gobierno, pues aseguró que no tiene relación con la calidad de la enseñanza. Y después de haber provocado con ese manifiesto republicano que Einstein y otras mentes brillantes se revolcaran en sus tumbas, fulminó cientos de años de prácticas científicas diciendo que, al fin y al cabo, se van a fortalecer las escuelas normales para la mejor formación de los maestros. Les platico: todas las escuelas normales donde se gradúan los profesores de carrera, evalúan la calidad de sus programas educativos. Todos los maestros que egresan de esos planteles son evaluados para determinar si cuentan con la calidad suficiente para pararse en frente de un grupo de alumnos. ¿Qué mensaje está enviando con esto al sistema educativo público y privado nacional? Les está diciendo que se olviden de evaluar la calidad de programas, maestros y alumnos. Les está diciendo que la evaluación no es prioridad porque no tiene relación con la calificación. A lo mejor por eso la fallida universidad que creó durante su mandato como jefe de gobierno de la Capital –la Autónoma de la Ciudad de México– no evalúa a sus alumnos, a sus profesores ni a sus programas de estudio y, seguro por eso, es la institución de enseñanza superior con el más alto índice de deserción de todo el país: sólo el 1.75% de quienes ingresan terminan con un título. Cuando en su conferencia mañanera el presidente nos salió con esta otra perla del absurdo, la cara del secretario de Educación Pública, Esteban Moctezuma, sentado atrás de él esperando su turno para hablar ante la prensa, lo decía todo. Por eso cuando se paró frente al estrado, de cierta forma le enmendó la plana a su jefe al decir que en la nueva reforma educativa, la evaluación de los maestros no está ligada a la permanencia en el empleo, como sí estaba especificado en la anterior administración. El funcionario cuidó muy bien sus palabras porque resulta que el artículo tercero constitucional y la iniciativa de modificación que viene en camino, contienen una prohibición expresa de ligar cualquier proceso a la permanencia en el empleo. No sólo no aparece, sino que está proscrita. Independientemente de que esto sea operante en el mundo real –porque díganme ustedes qué empresa que lucha por ser competitiva no establece como condición para que un empleado conserve su chamba el ser evaluado en su desempeño– como estamos hablando del gobierno, se vale no mezclar lo educativo con lo laboral. Moctezuma tiene razón cuando dice que la reforma educativa de Peña Nieto sí invadió derechos laborales, al perseguir con amenazas de despido a los maestros que no pasaban las evaluaciones. Si el nuevo gobierno va a separar lo laboral de lo educativo, qué bueno, pero de ahí a decir que la calidad de los profesores no depende de una evaluación hay mucho trecho. La pregunta es: ¿Con qué versión nos quedamos? ¿Con la del presidente o con la de su secretario de Educación? Sería insensato dar por bueno lo que López Obrador dijo, porque ni como discurso populista pasa la prueba. Él mismo, cada vez que invoca a sus “consultas populares”, está hablando de someter su gobierno a una evaluación de desempeño que determine su calidad como presidente. Ahí está su máxima incongruencia. Esa que sus defensores de oficio dentro y fuera del gobierno no alcanzan a ver. No me sorprende de gente nefasta que pulula a su alrededor por su soberbia ignorancia, como los Batres, los Delgado, los Padierna, los Fernández Noroña, los Salgado Macedonio y otros de su especie. Pero sí me sorprende que gente pensante como Tatiana y unos pocos más opte por quejarse de artículos y articulistas como éste que señalamos los yerros que comete cada día su jefe en su decir y, peor aún, en su hacer. De verdad ansío no tener más material en su desempeño para escribir mis editoriales, pero todos los días me topo con tantos dislates presidenciales que le dan la vuelta a la cuadra en fila de espera. CAJÓN DE SASTRE “Y lo peor de todo es que nadie de su círculo cercano se atreve a decirle esto, y esto los hace cómplices pasivos. A ver cuánto aguantan los pocos de a de veras que siguen en su equipo”, dice mi Gaby. placido.garza@gmail.com


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