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“Cabrestea o se ahorca”Domingo, 19 de Julio de 2015 01:21 a.m.
Pasó hace tantos años que parece que fue en otra vida. Iniciaba la década de  los 70, cuando una cadena de supermercados lanzó una campaña para dar empleo de medio tiempo a estudiantes. La vida puso ante mí esa oportunidad, la tomé y así tuve mi primer empleo. Cuando me presenté en la tienda que me asignaron, fui recibido por quien sería mi jefe, un tipo rudo que no se anduvo por las ramas y, con un estilo cantinflesco, me soltó una sarta de advertencias incomprensibles; pero eso sí, tuvo la virtud de clavar en mi memoria una última frase que, aunque extraña, encerraba todo lo que me quería decir: ‘‘los que trabajan conmigo o ‘cabrestean o se'horcan’’’.

Muy pocas veces, en los años que han seguido, he vuelto a oír ese amenazante dicharacho, pero sé que todavía ‘‘se le mueve la patita’’ y antes que desaparezca el dicho o desaparezca yo, vamos a sacudir el polvo de su historia, quien quita y encontremos algo interesante.

‘‘Cabrestea o se ahorca’’ es un dicho campero, de esas metáforas que nacieron entre matorrales y caminos polvorientos, es eco de sonidos campiranos del México rural, del que ya poco nos queda. Se dice con un sabor a amenaza para hacer saber a alguien que debe alinearse si es que no quiere afrontar consecuencias desagradables.

En latín, existió el verbo ‘‘capio’’ con el significado de ‘‘agarrar’’. De ahí, se llamó ‘‘capistrum’’ al lazo que se ataba en la cabeza de los caballos para agarrarlos y jalarlos. En castellano, ‘‘capistrum’’ se convirtió en cabestro, con el mismo significado. De la voz cabestro, derivó el verbo cabestrear que primero significó ‘‘echar cabestro a las bestias’’, así lo dice el diccionario de 1789.

Casi de inmediato pasó a significar, según el mismo diccionario, ‘‘seguir sin repugnancia la bestia, al que lleva el cabestro’’. De este concepto, en la vieja España nacieron refranes, muchos de ellos, ya desaparecidos.

Gonzalo Correas, en 1627, documentó algunos: ‘‘Al necio, un diestro; al loco con cabestro’’ (al ignorante enséñale y al loco por la fuerza); ‘‘Roer el cabestro’’ (Por soltarse, y usar de su libertad); y uno muy interesante: ‘‘Ata el asno do quiere su amo; si se encabestrare, su daño’’ (cada quien debe aceptar las consecuencias de sus decisiones); el mismo Correas aclara: ‘‘Encabestrarse es: pasar una mano sobre el cabestro con que está atado, y peligra de caer y ahogarse’’.

Como suele suceder en el lenguaje popular, la voz cabestro se corrompió a ‘‘cabresto’’ y con está forma llegó a México. Entonces, aquí se dijo ‘‘cabrestear’’. Esto lo señaló don Joaquín García Icazbalceta en su Vocabulario de Mexicanismos (1894). Ahí comenta: ‘‘Cabresto. m. Es tan general en México el uso de esta forma, que causa extrañeza oír la correcta cabestro’’.

Atinadamente, decía Cervantes: ‘‘Los refranes son sentencias cortas de experiencias largas’’. Así, de largas experiencias en los campos mexicanos, los rancheros acuñaron refranes que encapsularon su sabiduría. Uno de ellos, el que nos ocupa, fue: ‘‘Caballo lazado, cabrestea o se ahorca’’, que así fue el dicho original. Muy lógico, ¿no te parece? Si amarras un lazo al cuello del caballo y lo jalas con fuerza, al equino no le queda más que dejarse conducir dócilmente o de lo contrario se expone a ser ahorcado.
 
Con el tiempo, el dicho quedó reducido a la última frase ‘‘cabrestea o se ahorca’’, refrán al que, como hemos dicho, todavía se le mueve la patita. Poco a poco, éste y otros dichos camperos van desapareciendo. Llegará el día en que sólo existan en la literatura. Mientras tanto, hay qué decirlos y disfrutarlos... antes de que, de ellos, sólo nos quede la nostalgia.
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