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Ay, la culebra Sábado, 2 de Febrero de 2019 03:06 p.m.

El muy respetable y respetado ciudadano mexicano Andrés Manuel López Obrador tiene acceso a todos los derechos que la Constitución Política de su país garantiza; no tiene, sin embargo, ningún derecho a poner en peligro la integridad física y la seguridad del presidente de México.

Desde su llegada al más importante cargo al que un mexicano puede acceder, el trato que el ciudadano López Obrador le ha dado a la institución presidencial ha sido peculiar en más de un sentido. Decidió reducir los emolumentos del presidente en turno y decidió privar a los expresidentes aún en vida de los elementos destinados a proporcionarles seguridad y asistencia; igualmente ordenó desaparecer los pagos que por pensión de retiro se les daban y dispuso que un olvidado precepto constitucional se cumpliese al pie de la letra: el que establece que ningún funcionario público pueda ganar un centavo más que el presidente.

La pretendida, y presumida, austeridad republicana, llegó a la cotidianidad del ciudadano presidente: renunció al uso de la residencia oficial de Los Pinos, construida por su admirado Lázaro Cárdenas, para hacerla un lugar de romería popular y eventos culturales; prefirió seguir usando su modesto vehículo personal a los habituales de los jefes de Estado, ostentosos vehículos usualmente de alto blindaje en contra de los asaltos con arma de fuego, y ordenó la venta del avión TP 01 para transportarse en todos sus viajes usando líneas aéreas comerciales

Finalmente, el ciudadano presidente decidió reintegrar al cuerpo especial denominado Estado Mayor Presidencial al mando general de la Secretaría de la Defensa. El EMP tenía como principal tarea la atención y garantía de la seguridad personal del señor presidente y su familia cercana; igualmente se encargaba del cuidado de cuanto dignatario extranjero visitase México. A consecuencia de esta medida, la seguridad del presidente de México cayó en incertidumbre; después de sesiones dubitativas, el ciudadano presidente adoptó un grupo reducido de civiles, hombres y mujeres, que se encargan supuestamente de su seguridad.

Se han cumplido dos meses de estos cambios radicales. Aunque algunas de las medidas, como el uso de líneas aéreas comerciales para los desplazamientos presidenciales, causaron molestias a algunos ciudadanos, la mayoría aceptó de buena gana los otros cambios; de manera especial los que redujeron el boato y la opulencia, además de las molestias que la conducta del EMP con frecuencia causaba.

Lo que nos ha dejado del todo contentos es la facilidad con la que cualquiera puede acercarse a la persona, el cuerpo, del presidente de todos los mexicanos. Quieren tocarlo, besarlo, tomarse una fotografía con él. López Obrador lo toma con agrado, vaya, con alegría, y lo considera una muestra de su raigambre popular, de la cercanía con los gobernados, de la popularidad que ha fincado.

Jamás le ha pasado por la cabeza, al parecer, que uno –uno solo– de esos personajes podría tener intenciones malignas. El que lucha por la justicia no tiene nada que temer ha sido su respuesta invariable ante las advertencias de que debe fortalecer su custodia.

Ay, la culebra era la tonadilla que sonaba en Lomas Taurinas, al lado de Tijuana, cuando hace más de veinte años terminaba un mitin del candidato del PRI –cuidado por el Estado Mayor Presidencial– y alguien se acercó y le dio un balazo en la cabeza. O dos. Lo cierto es que lo mató.

Antier, un vehículo con explosivos fue colocado a las puertas de la refinería de Salamanca. Una manta dirigida al presidente, advirtiéndole que cejara en su combate al robo de combustibles, fue desplegada.

No pasó nada.

¿Y si pasa?

felixcortescama@gmail.com


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