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Areópago digital Por: Armando Arias AmbulandoMiércoles, 14 de Octubre de 2020 00:00 a.m.

La mitología griega está repleta de símbolos, de personajes y relatos que sirvieron para entender los fenómenos humanos, las situaciones de la naturaleza, de la sociedad, de la relación entre los hombres y la divinidad, usando conceptos y conocimientos en una peculiar relación con la realidad. Es considerada como el origen cultural de la civilización occidental. 

En algún momento de nuestra adolescencia conocimos a Homero y a su Ilíada y Odisea, o tal vez a la Teogonía de Hesíodo entre otros tantos autores que representan este período. 

Se dice que Ares, dios de la guerra, fue juzgado por los demás dioses del Olimpo por haber matado a Halirrotio, hijo de Poseidón, cuando trató de violar a Alcipe, hija de Ares. A ese asesinato mitológico se le conoce en derecho penal como el primer juicio por asesinato. Tambien dice la leyenda que ahí se juzgó a Orestes por haber asesinado a su madre Clitemnestra. 

El lugar donde fueron llevados a cabo esos juicio es un monte situado al noroeste de la famosa Acrópolis en Atenas, dedicado a Ares y llamado Areópago. Ahí se conformó el concilio griego, lugar donde los maestros enseñaban en público y  fue sede del consejo que regía la justicia de la ciudad. Más tarde, la palabra Areópago fue cambiando a tribunal, porque era el lugar en donde se reunían los sabios y eruditos en las cosas de la justicia. Hoy Areópago puede referirse también a grupos de personas eruditas en alguna disciplina o ciencia. 

Con la llegada de las redes sociales a nuestra forma de vida, llegaron también las posibilidades de utilizarlas con los fines que mejor se puedan idear, de acuerdo a las necesidades de quien hace uso de ellas. Dichas redes han sido vehículo de publicidades, de propagandas, han sido plazas públicas para reuniones, para convivencia, han sido templos digitales, auditorios, papiros y bastidores en donde se plasma arte, relato, verdad y mentira. Pero también se han erigido como el Areópago de nuestros tiempos, en donde se juzga de forma expedita a quien haya que juzgar, enfrente de los demás que atestiguan, opinan y sentencian, con o sin verdad, como si aquello fuera simple. No hay ley, ni autoridad, ni reglas o rituales que seguir, sólo hay presuntos implicados y jueces que son parte a la vez. Se juzga a todos por todo, conocidos y extraños, personajes públicos o privados, políticos, artistas, deportistas, religiosos, líderes o cualquier propio ordinario que se sientan en la silla caliente a la espera del escarnio al que a golpe de re envíos y likes se han hecho acreedores. 

El derecho a la buena fama y la reputación son supuestos que no tienen valor para los jueces, no hacen falta pruebas, solo dichos propios o de oídas que parezcan verosímiles. Si alguien parece que ha cometido delito debe ser juzgado ahí, sin ley, porque de otra forma la justicia no llegará por los medios establecidos, legales y moralmente convenidos. Los movimientos que acusan desde el anonimato con esos argumentos no son otra cosa que presuntas víctimas convirtiéndose en victimarios en la penosa y desafortunada búsqueda apasionada de la justicia que no alcanzarán y que terminarán pisoteando al cometer otro crimen en ese acto. El fin justifica los medios, gritan con voz potente y con recta intención pero con ignorancia. No se debe hacer justicia con las propias manos. 

No se debe cometer un crimen para exigir el pago de otro. No se debe pasar de víctima a victimario con el motivo de buscar justicia o impedir otro crimen. El camino hacia la extinción de la impunidad no tiene atajos. La ley de los hombres está o debe estar en sintonía con la ley de Dios. El Areópago digital es la arena de la injusticia para víctimas y para victimarios y no parece tener fin, ni orden ni moral que lo gobierne.

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