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Aquí hay gato encerradoDomingo, 20 de Agosto de 2017 00:19 a.m.

“A juicio de los gatos, las personas no somos más que muebles de sangre caliente”, eso dijo Jacquelin Mitchard y tal vez sea así, pero lo cierto es que eso no ha sido obstáculo para una convivencia entre hombres y felinos que ya cuenta varios milenios.

Entre los antiguos egipcios, hace cerca de 5,000 años, los felinos gozaron de una gran estima que llegaba a la veneración. Tan así era que quien mataba un gato, aun por accidente, era condenado a muerte. Además, cuando uno de ellos moría (a pesar de sus siete vidas), la familia vivía una gran desgracia, vestía de luto, hacía embalsamar al felino y lo colocaba en un sarcófago. Prueba de esto es que en diferentes hallazgos arqueológicos se han encontrado gatos momificados.

Como nada es para siempre, en la Europa medieval la reputación de los mininos cayó por los suelos: principalmente la de los gatos negros. Fue una época oscura donde reinaban el temor y la superstición. Los felinos tuvieron la mala fortuna de que se les asociara con el demonio y la brujería y muchos de ellos fueron brutalmente sacrificados. De esa época aún nos queda la creencia de la mala suerte que tendremos cuando un gato negro se cruce en nuestro camino.

El acabose fue cuando en el Siglo XVII, en España se puso de moda hacer monederos de piel de gato. De esto guardó memoria el Diccionario de Autoridades (1726): “Gato: Se llama también la piel de este animal, aderezada y compuesta en forma de talego o zurrón, para echar y guardar en ella el dinero: y se extiende a significar cualquier bolsa o talego de dinero”.

De esta costumbre quedó la expresión “hay gato encerrado”, para decir que hay algo sospechoso. Aquí, gato no se refiere al felino sino al monedero que se llevaba oculto para no despertar tentaciones; con la consabida actitud sospechosa del portador. En Venezuela suele oírse la variante ´“aquí hay gato enmochilao”.

Ya que hablamos de huellas de gato en el lenguaje, otra la encontramos cuando decimos: “no le busques tres pies al gato”. Se usa para dar consejo a quien, por su cuenta, busca complicarse la vida. La expresión es antigua, sólo que en el Siglo XVII le buscaban no tres, sino cinco o siete pies al gato. De esto dejó noticia Gonzalo Correas, quien en 1627 documentó esta divertida fórmula coloquial de las conversaciones de antaño: “–Buskáis zinko pies al gato, i él no tiene más de cuatro. –No, ke zinko son kon el rrabo (decía el otro para defenderse)”.

El caso es que quien le busca tres, cinco, o siete pies al gato, seguro que no conoce la aguda observación de Aristóteles que en su Historia de los animales dice: “Los animales pueden tener patas o no tenerlas; pero si las tienen, las tienen siempre en número par”.

En México, despectivamente, suelen llamar “gatas” a las empleadas domésticas. Algunos creen que el mote viene de que, los antiguos sirvientes, limpiaban los pisos a mano para lo cual tenían que andar a gatas. No deja de intrigar que el famoso cuento de La Cenicienta en su primera versión europea (antes de la de Perrault), se llamó “La gata Cenicienta”. Fue publicada por el napolitano Giambattista Basile en 1634. En este cuento, Zezolla se llamaba la protagonista y, a partir de que se le obligó a fungir como sirvienta, su madrastra y hermanastras la llamaron... gata cenicienta, ¿coincidencia?

Los gatos seguirán conviviendo con nosotros y tal vez no sea mala idea hacer caso a Derek Bruce cuando nos dice: “Para mantener una verdadera perspectiva de lo que valemos, todos deberíamos tener un perro que nos adore y un gato que nos ignore”. 

cayoelveinte@hotmail.com

Twitter: @harktos




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