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Apología del egoísmo: ¿Es posible educar en egoísmo? Por: Yanill Brancaccio Olmos La JirafaMartes, 10 de Noviembre de 2020 00:00 a.m.

Uno no puede dar lo que no tiene. Es tanto física como metafísicamente imposible entregar al otro lo que no se posee. Nuestra cultura occidental y latina no se ha cansado de gritarnos que es mejor dar que recibir; que el que sirve, sirve; que debemos renunciar a nosotros mismos para darnos al otro en una absoluta y total entrega. Y, además, nos han dicho que eso es amor, pues el amor verdadero es darse sin esperar recibir nada a cambio (donación).

Y esta idea ha venido reforzándose mercadológicamente a través de eventos como el Teletón, las recolecciones nacionales de la Cruz Roja, para las misiones, los pobres de África, los desastres naturales de México o cualquier otro evento que amerite despertar ese sentido de fraternidad que todos (absolutamente todos) llevamos dentro.

Y, que quede claro, con esto no se niega que hay mucho de bondad en estas actividades y mucho de beneficio para aquel que la realiza de manera altruista, desinteresada y humanamente. 

A lo que esta Jirafa se refiere es, primero, que para lograr aquéllo (darse sin recibir nada a cambio) la persona que lo realice debe estar llena de sí: que se ame; que se vea en las acciones que está realizando y, por lo tanto, sea consciente de lo que aquello que hace implica para su vida y para los demás.

Una dación inconsciente, en blanco –por así decirlo– es inútil, para el que la realiza y, por lo tanto, se queda en el mero trámite, el mero sentimiento, en pura sensiblería. De ahí que sea indispensable educar en el egoísmo para alejarnos y alejar a nuestros hijos o educandos de la egolatría o, peor aún del egotismo.

Así, resulta indispensable comprender los parámetros del egoísmo (aquí me atrevería a llamarlo como virtud: la virtud del egoísmo), para ubicarlo como justo medio entre los extremos que, siguiendo a Aristóteles, serían exceso y defecto y, por lo tanto, vicios.

El egoísmo implica, ya lo esbozábamos, conocimiento; es decir, aplicar la inteligencia (con todo lo que el uso de ella implica) para después aplicar la voluntad (igualmente, con todo lo que su uso adecuado y natural implica). Donde la primera siempre tenderá al goce y posesión de la verdad y la segunda al goce y posesión del bien. El egoísmo virtuoso, por lo tanto, supondrá conocimiento, pero conocimiento de qué... conocimiento de mí mismo. Y en el caso de nuestros hijos o educandos, de ellos mismos. En una palabra, autoconocimiento.

Y también este buen egoísmo implica el despliegue de la voluntad, para querer lo que conocemos (y conocer lo que queremos), que en este caso es a nosotros mismos o nuestros hijos o educandos a ellos mismos.

Teniendo lo anterior, podremos, ahora sí salir de nosotros mismos para poder dar a los demás lo que ya poseemos.

De todo lo anterior se desprenden, a mi juicio, dos consideraciones. La primera que es posible hablar de un egoísmo natural, positivo, educable e, incluso, virtuoso. Segundo que educando este egoísmo es posible incidir y colaborar para alcanzar una mejor sociedad llena de individuos sí egoístas pero virtuosos, sí ensimismados, pero no ególatras (que como su raíz lo dice, es la adoración –latría– a uno mismo. Y sí volcados a sí mismos, pero no egotistas (donde es el yo el centro del mundo), pero listos para salir a los demás para, ahora sí con una visión renovada y justificada, darse plenamente a los demás sin pretender nada a cambio.

Esta Jirafa reflexiva, seguirá atenta.

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