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Apología del 'consumismo' Por: Yanill Brancaccio Olmos La JirafaMartes, 17 de Noviembre de 2020 02:00 a.m.

Hemos estado escuchando durante los últimos meses de crisis, desaceleramiento económico, recesión, etc., lo cierto es que, a decir de los expertos, lo difícil está por venir.

Una visión optimista podría señalarnos este período como lleno de oportunidades en el que tendremos la posibilidad de hacer un paro en nuestras labores, en nuestras actividades y revisar cómo estamos administrando nuestra dieta.

El problema se agrava cuando le agregamos el ingrediente llamado fin de año, lo que supone muchas actividades sociales y, por lo tanto, excesos no sólo en lo que se refiere a la comida o, quizá, la bebida, sino también en cuanto al ejercicio y desgaste de nuestro bolsillo.

Heidegger, filósofo alemán del Siglo XX, afirmaba que el hombre durante su vida se enfrenta a dos mundos: el del SE y el del SER; el primero de estos (el del SE) es el ordinario (el lebenswelt de Husserl), el mundo común, donde la persona en vez de proyectar aquello que es, termina perdiéndose en el anonimato que supone lo mundano: uso camisas Lacoste (sí, las del lagartito), porque así se viste; voy de feriado a Cancún, Acapulco, a Cuerna o a Vallarta porque ahí se va; me expreso de tal o cual manera porque así se habla; etc.

Mientras que el mundo del SER, señala Heidegger, es aquel en el que la subjetividad que supone la vida del hombre (su Yo) no se pierde, sino al contrario se afirma, pues en él se proyecta su autenticidad.

El reto, a decir de este filósofo (que por cierto fue ideólogo, junto con Göebels, del Partido Nacional Socialista Alemán –léase Nazi–), está en sobre poner el mundo del SER al del SE.

¿Resulta fácil?, todo indica que no. Entonces, ¿cómo lograrlo si parece imposible apartarnos del mundo del SE?

El mismo Heidegger nos da la respuesta: es cuestión de vivir en el mundo del anonimato –por así decirlo–, sabiendo de qué está hecho, pero reconociéndolo y reconociéndome en todo momento.

Se trata, efectivamente, de comprar nuestras camisas del lagartito, ir a Laredo, Disney o al antro de moda, sabiendo que ahí está el mundo, que ese es el mundo; pero estando por encima de él; donde el YO (ese que soy cuando me topo conmigo mismo) puede sobreponerse a lo que el mundo del SE presenta, rescatando, a su vez, las bondades que éste arroja, porque – finalmente- me conozco: me reconozco en el mundo.

No nos vaya a pasar como aquel que ante la crisis se amilanó y apostó por un "consumismo" poco convencional: decidió quedarse con su mismo carro, con su misma ropa, con su mismo "mismo". Pero con una pasividad que rayaba en lo vulgar.

Esta Jirafa aguda y poco consumista, seguirá atenta.

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