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Acá molcasDomingo, 18 de Noviembre de 2018 07:07 a.m.

Las palabras se nos van apareciendo en el transcurso de la vida. Desde los primeros años, llegan una tras otra y van formando nuestro arsenal para expresar deseos y emociones; hacer preguntas e invitaciones; halagar o insultar según sea el caso y muchas otras necesidades de comunicación. Sirva este preámbulo para enmarcar el recuerdo de aquellos días cuando se me apareció “molcas”, una palabra que a las primeras de cambio me pareció grotesca pero que ahora goza de mi simpatía.

A fines de los años sesenta, los vientos del destino me arrastraron a tierras norteñas y aquí continué mis estudios de secundaria. Nueva ciudad, nueva escuela, nuevos compañeros, nuevas palabras… apenas era el primer día de clase y uno de los compañeros entró exaltado al salón con una pregunta que en realidad era noticia: “¡¿Ya saben que nos va a dar Biología el Molcas?!”,  por la espontánea reacción de los demás y por la resonancia del  apodo intuí que aquello no era nada bueno.

Cuando entró al salón, el maestro Jaime pasó su vista sobre cada uno de nosotros. A la mayoría los conocía porque ya les había dado una clase en primer año, así que cuando enfocó su vista sobre mí me preguntó “Y tú molcas, ¿de qué escuela vienes?”. No me gustó que me dijera así, pero luego supe que era la razón de su apodo. No había clase en la que no pronunciara la palabra para referirse a alguno de nosotros, casi siempre en forma despectiva: “A ver molcas, pásale al pizarrón”, “Tú molcas, te callas o te vas a la dirección” y si alguien le cuestionaba algo de lo que decía, lo enfrentaba diciendo: “Cómo ven, acá molcas, cree que sabe más que yo”.

Todo un año escolar oyendo la palabra y asociándola con momentos no muy agradables, me hicieron agarrarle cierta tirria que desapareció muchos años después, cuando me interesé en su origen.

Es muy claro que en expresiones como: “¡Ya deja de estar moliendo!”, “¡Ah, cómo mueles!” y otras similares podemos cambiar el verbo moler por molestar y la idea expresada no cambia en nada. La metáfora es muy razonable, qué peor molestia que te metan a un molino y te hagan picadillo.

De esta circunstancia, en el norte de México nació otra metáfora: decirle molcajete al que se la pasa moliendo y en particular un buen mote para el jefe, que se la pasa moliendo o molcajeteando a sus subordinados. En Lexicón del noreste de México, que en 1996 publicó Ricardo Elizondo, se recogen las siguientes definiciones: “Molcajetear: Molestar, maltratar, moler”, también “Molcajetes: El que manda y por lo tanto, el que más muele”.

De esa acepción de molcajete, por abreviación, nacería “molcas” para primero nombrar al que se la pasa moliendo, pero que luego se usó como nombre genérico para referirse a cualquier persona. También, en su diccionario, Ricardo Elizondo recogió estos usos: “Molcas: 1.-El jefe, el que manda, el mero-mero 2.-Voz para mencionar a un ausente, en el entendido de que el interlocutor sabe de quién se trata: ¿Dónde está molcas?, Tú sabes cómo es molcas”.

Respecto a la antigüedad de la palabra, yo estimo que debió acuñarse en la segunda mitad del siglo XIX ya que, en una publicación de 1912 llamada Multicolor,  en un párrafo aparece como apodo. Hablando de diferentes personajes de un barrio, el autor escribió:  “…el fijador de anuncios de un teatro, el motorista retrasado, la cocinera que le tupe al neutle y ‘Molcas’, el jicarero de mero enfrente”.

El origen norteño lo avala Francisco J. Santamaría en su Diccionario de mejicanismos, que escribió en la década de los cuarenta. En una entrada dice: “Molcas: Término que con carácter indefinido se usa en la conversación entre gente norteña de Méjico, para aludir o señalar a persona indeterminda”.

Los agravios del primer encuentro han sido olvidados y ya he hecho las paces con esta palabra, ya no me molestaré si alguna vez alguien se refiere a mí como “molcas”, porque como lo dije antes, ahora hasta me resulta simpática. A veces conocer la historia de las personas o cosas te hace cambiar la percepción que tienes de ellas.

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