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Abriendo nuestros secretos a la luzPor: Ron Rolheiser Ron RolheiserMartes, 9 de Marzo de 2021 02:00 a.m.

¡Estás tan enfermo como tu secreto más enfermizo! Ese es un axioma sabio. Lo que está enfermo en nosotros seguirá enfermo a menos que lo abramos a los demás y a la luz del día. Mientras sea un secreto, es una enfermedad. Sin embargo, quizás el problema no sea lo que mantenemos en secreto, sino que lo mantenemos en secreto. Tal vez la enfermedad sea el secreto en lugar de lo que consideramos una enfermedad.

Todos tenemos nuestras luchas y podemos agradecer a Dios por eso. La imagen y semejanza de Dios dentro de nosotros no es simplemente un hermoso ícono impreso en nuestras almas. Es fuego, divino, insaciable, es fuego desconcertante. Por nuestra propia naturaleza, hay complejidades dentro de nosotros que no pueden hacer las paces fácilmente con la persona que nos gusta pensar que somos. Todos tenemos fantasías salvajes y obsesiones oscuras. Si nuestras ensoñaciones se hicieran públicas alguna vez, revelarían que todos alimentamos fantasías de grandiosidad, odio, reivindicación, y que todos nos vemos atrapados periódicamente en las garras de diversas obsesiones emocionales y sexuales. Hay cosas en nuestras ensoñaciones de las que nos avergonzaríamos hablar. Todos albergamos fantasías que son salvajes, terrenales, grandiosas y egoístas. Así que los mantenemos en secreto y las tratamos, ya sea patologizándolas (relegándolas a una enfermedad) o negándolas.

Relegamos nuestras fantasías a una enfermedad cuando creemos que son algo que sólo nosotros sufrimos, algo enfermo, vergonzoso y exclusivo a nosotros. Son algo que nunca queremos que los demás sepan de nosotros. Como resultado, nuestras fantasías y obsesiones se convierten en algo de lo que nos avergonzarnos, un oscuro secreto, una enfermedad por debajo de nuestro yo normal.

Otra opción es la negación. Podemos negar conscientemente que alguna vez hemos tenido estos pensamientos y sentimientos. La negación nos salva de sentir vergüenza, más al final pagamos otro precio por ello. Negar nuestros pensamientos y sentimientos es como vivir en la planta baja de una casa y tomar la basura o cualquier otra cosa con la que no queramos lidiar y simplemente arrojarla al sótano y cerrar la puerta. Fuera de la vista, fuera de la mente. Por un momento. La basura no deja de existir sólo porque la hayamos empujado al sótano. Eventualmente fermenta y envía sus gases venenosos a través de las rejillas de ventilación para contaminar el aire que respiramos.

Sin embargo, y este es el punto, los anhelos complejos, las obsesiones y la grandiosidad dentro de nuestra alma no son una enfermedad, ni algo que debamos negar. Nuestra alma, a pesar de todo su desenfreno, no está enferma. El problema es que carecemos de una comprensión de la parte más profunda de nuestra alma, nuestra sombra, y creemos que hay alguna enfermedad allí dentro, y lo que se mantiene en secreto es la enfermedad real.

¿Cuál es nuestra sombra? La literatura popular nos ha dado una noción unilateral de lo que constituye nuestra sombra. La idea popular es que nuestra sombra es un lugar oscuro y aterrador al que tenemos miedo de ir, un desierto interior en el que queremos a toda costa no aventurarnos, demonios interiores que queremos evitar conscientemente. Si bien a veces podemos sentir esos miedos frente a nuestra propia sombra, nuestra sombra no es una cosa oscura en absoluto. Lo contrario.

Así es como se forma nuestra sombra. Cuando nace un bebé, es luminoso, maravillosamente abierto y consciente, mirando a su alrededor, simplemente bebiendo en la realidad. Sin embargo, en esta etapa de la vida, un bebé no puede pensar porque carece de ego y, por lo tanto, carece de conciencia de sí mismo. Para formar un ego y volverse consciente de sí mismo, el bebé tiene que hacer una serie de contracciones mentales masivas, cada una de las cuales lo desconecta de parte de su propia luminosidad. Primero, al principio de la vida, distingue entre lo que es uno mismo y lo que es otro; no soy mi mami. Poco después, distingue entre vivos y no vivos; un cachorro está vivo, una piedra no. Algún tiempo después de eso, distingue entre mente y cuerpo; un cuerpo es algo duro y sólido, pensar es diferente. Finalmente, y esta es la pieza fundamental en la formación de nuestra sombra, en un momento de su vida, el bebé hará una distinción entre lo que puede enfrentar conscientemente dentro de sí mismo y lo que es demasiado abrumador para enfrentarlo conscientemente. Al hacer eso, forma su sombra separando una gran parte de su luminosidad (la imagen y semejanza completa de Dios dentro de sí mismo) de su propia conciencia consciente.

Note que nuestra sombra se compone de nuestra luz, no de nuestra oscuridad. Como dice acertadamente Marianne Williamson (en una frase que utilizó Nelson Mandela en su discurso de inauguración), es nuestra luz, no nuestra oscuridad, la que nos asusta. En una persona sana, los secretos oscuros generalmente esconden las cosas que emanan de la luz excesiva, la energía divina, los anhelos infinitos y la grandiosidad piadosa dentro de nosotros. Cuando los traemos a la luz, vemos que no están oscuros ni enfermos. La enfermedad radica sólo en no sacarlos a la luz.


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