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A la chita callandoDomingo, 31 de Enero de 2016 00:12 a.m.
Si quieres saber qué se siente ser un fantasma no necesitas morir, sólo cierra los ojos y ve a visitar un recuerdo. Concéntrate y podrás ver sin ser visto, escuchar sin ser escuchado, hacer piruetas en el aire, atravesar paredes y luego… desaparecer cuando mejor te parezca. Yo suelo hacerlo con frecuencia, y de una de esas veces he traído la historia que hoy les voy a contar:

Cerré los ojos y fui a visitar a un recuerdo. Cuando llegué, ahí estábamos todos. Otra vez oí a Eusebio, el compañero que gustaba de cantar mientras llegaba la maestra. Allá, al fondo del salón seguía sentado “El Muerto”, así le decíamos por su macilenta figura y eterna seriedad. Haciendo contraste, a su lado vi al “Chabeluco”, el que nunca dejaba de sonreír a pesar de su boca chueca que –según él decía– le había dejado una temprana enfermedad.  No faltaba nadie, ahí estábamos todos empezando un día de clases.

Volví a escuchar el “buenos días maestra” que a coro recitábamos cuando aparecía la amable figura de la maestra Rosario. Iniciamos con la clase de Lengua Nacional como se decía en aquel tiempo. Por cierto que ese nombre se abandonó cuando cayeron en cuenta de que no existe ninguna ley o artículo constitucional que considere al Español como la lengua oficial de México, pero esa es otra historia.

En el pizarrón verde descolorido, la mano de la maestra plasmó la lección que habríamos de repetir hasta la saciedad: ‘‘Los modos adverbiales son dos o más palabras que juntas hacen el oficio de adverbio. Ejemplos: ‘A tontas y locas’, ‘A pie juntillas’, ‘A diestra y siniestra’, ‘A la chita callando’…’’.

¿A la chita callando?… Ahí estaba yo a mis 11 años intrigado por esa rara expresión. Podía comprender su significado: ‘‘hacer algo sin ruido y con disimulo para no llamar la atención’’, pero la única Chita que yo conocía era la chimpancé de Tarzán y no entendía por qué había que callarla y menos entendía qué tenía que ver con la clase de español. Seguro que había algo más, pero tal vez afectado por el síndrome de Solomón o el temor a hacer el ridículo me impidió hacer la pregunta.

Muchos años tuvieron que pasar para saber que, en la antigua España, existió un juego de muchachos llamado “la chita”. El juego consistía en clavar en el suelo un hueso de pie de carnero al que llamaban chita, luego le tiraban con piedras y quien la derribaba ganaba dos puntos y, si no había quién lo hiciera, ganaba un punto aquel cuya piedra quedaba más cerca.

De este juego, en 1611, Sebastián de Covarrubias escribió: “Chita: El hueso del carnero o de la vaca de la cuartilla del pie, que otros llaman hita, del verbo figo, porque lo hincaban en el suelo y tiraban con texos. Los muchachos ponen una hincada en la tierra y otra encima y tiran a derrocarla”.

Otro autor, Gonzalo Correas, quien por cierto experimentó con una ortografía que hoy parece resucitar en los jóvenes, en 1627 también escribió sobre el tema: “Chito o chita es un güesezillo o pedrezuela a ke tiran los muchachos al xuego que ellos llaman “de la chita”; tiran a él kon unas piedras llanas como ruedas ke llaman chitos; kuando se concierta el xuego todos van a buscar chitos en algún arroyo o muladar o edificio kaido, i los hacen de piedra, texo o ladrilllo”.

Por ser un juego que distraía de las obligaciones y en el que se hacían apuestas, los muchachos lo jugaban a escondidas y cuidándose de no hacer mucho ruido para evitar ser reprendidos por los mayores. Así, de jugar a la chita callando, habría de nacer la expresión que encierra el mismo sentido y que nada tiene que ver con chimpancés.

Me hubiera gustado contar la historia en mi recuerdo, ¡que la supiera mi maestra Rosario!, ¡que la supiera el yo niño!, ¡que la supiéramos todos! Pero en aquel salón de clases nadie podía escucharme, porque ahí yo sólo era un fantasma que apareció y se fue… a la chita callando.
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