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Las vacunas, las coincidencias, la suerte, los aciertos y mi vida Por: Ignacio Gómez-Palacio La HormigaViernes, 29 de Enero de 2021 02:00 a.m.

Unos cuantos meses atrás, había contraído nupcias con la más bella y tierna mujer del universo. Pagamos el enganche para adquirir la casita mas linda del mundo. Salía al trabajo para regresar sin perder un segundo y ahora me iba a morir sin haber tenido al menos un hijo que dejarle.

Resulta que me aficioné a correr por la madrugada. Salía a obscuras con zapatos tenis de suela delgada. Coincidió (1.ª coincidencia) que empezaron a venderse las cervezas en botellas de vidrio no retornables. La gente las aventaba en la calle, pues eso de "ponga la basura en su lugar" no se había inventado. Aún no amanecía, cuando una botella rota con un pico criminal perforó mi zapato, hasta salir del otro lado entre las agujetas. Como pude me arranqué el casco y cojeando llegué a casa, donde le hablamos a mi tío Gastón Rebolledo, médico de la familia. Recetó reposo y vacuna antitetánica. Mi tía Cheches, la que sabía inyectar, ofreció comprarla y pasar a la casa a ponérmela. Gastón nos dijo que antes de inyectarme debería de rascárseme en la piel del brazo con una aguja, para que saliera poquita sangre y sobre los rayones, se pusiera una gota. Si se levantaba roncha, la instrucción fue no ponerme la vacuna, ya que era alérgico.

Cheches me puso la gota de prueba. No pasaba ni un minuto, cuando pedí un sarape para cubrirme. Sentí que me iba a dar catarro. Dos minutos después, a la vista de mi esposa y mi tía, se me hinchó en un instante la cara pareja, de 3 a 4 cm. Josie corrió al teléfono. Le habló a Gastón a su casa, donde él contestó (2.ª coincidencia) y dispuso de inmediato adrenalina inyectada al corazón y Clorotrimetrón. Sin dejar pasar tiempo, le habló a su hermana que vivía cerca. Ella contestó (3.ª coincidencia). Sin despedirse de marido e hija salió a la botica. En el fraccionamiento Las Arboledas había sólo una farmacia. Yo sentí la muerte y decidí ir por la medicina y no esperar a que me la trajeran. Estaba en una recámara del segundo piso. En la escalera me desplomé. Me faltó aire. El edema pulmonar llenaba mis pulmones de líquido. Mi tía me sostuvo la cabeza. Josie me presionaba con ambas manos las costillas para bombearme aire. —¡Respira! ¡Respira!—, me gritaba.

El boticario salió a detener a mi cuñada con la medicina en la mano. La había encontrado. Ella ya había iniciado el recorrido a Ciudad Satélite. Mi hermana Carmelita, también vecina, recibió otra llamada de Josie. Ella contestó (4.ª coincidencia). Tenía las llaves del carro en la mano (5.ª coincidencia). Llegó a la misma farmacia que no tenía adrenalina, en el momento en el que el boticario había salido a buscar a mi cuñada. Mi hermana le arrebató el frasco y sin pagar subió a su carro y me la trajo.

El drama seguía en los escalones. Perdí la vista. No tenía tacto. En mi mente sólo estaba el deseo de vivir. —¡Respira! Nacho ¡Respira!—, y yo hacía el esfuerzo máximo por que me entrara un soplo de aire. No podía. La garganta se me llenó de líquido por el edema que de los pulmones había ascendido a la glotis. No tenía donde meter aire.

—¡Ya no respira! ¡Ya murió!— escuché.

En ese instante se abrió la puerta de entrada junto a las escaleras. Carmelita, con la botellita que alzaba como trofeo. Cheches traía la ampolleta en la mano (6.ª coincidencia). La cargó. Y me inyectó sobre la camisa. Sobre la camiseta. Directo al corazón. Pálida como papel. Nadie había pensado en quitarme la ropa en preparación.

Yo sentí una milésima de aire penetrarme. Supe que viviría. En ese instante lo supe. Desde entonces estoy convencido de que mucha gente al morir, escucha a quien da la noticia de su muerte.

Ocho horas después respiraba el oxígeno de un tanque junto. Mis pulmones burbujeaban como buzo bajo el mar. El esfuerzo me hizo perder seis kilos. Tardé una semana con oxígeno día y noche. Dos décadas en poder hablar de lo sucedido. Y 52 años en lograr la distancia necesaria para poder escribirlo.

Las coincidencias, la suerte y las decisiones acertadas de mi familia me salvaron la vida. Estuve a segundos de sufrir un paro cardiaco.

Después de la peripecia me enteré que tuve un shock anafiláctico. Hoy se qué hay de shocks a shocks. No conozco a quien lo haya tenido más fuerte. Imagino que debido a mi juventud pude vivir para contarlo. Ante el embate del Covid-19, se ha informado que quienes hayan pasado por un shock anafiláctico, no deben vacunarse.

¿Me voy a poner la vacuna contra el Covid-19? ¡Ni de loco!

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