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El arte de robar arte

Mayo 27, 2020 / EFE / MONTERREY Los museos acercan obras de arte, valoradas en millones de dólares, a todos los públicos. Pero, en algunos casos, los museos que las custodiaban y exponían las pusieron, sin querer, al alcance de los amigos de lo ajeno
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imagenNota EFE/EPA/CHRISTOPHE PETIT TESSON

Los museos son lugares en los que las personas que no pueden desembolsar grandes cantidades de dinero para tener un cuadro famoso en su casa, pueden contemplar su belleza. Ejemplos hay en todo el mundo,  entre ellos el Museo del Louvre, en París (Francia); el Museo del Prado, en la capital de España o el MoMa de Nueva York (EE.UU.).

Sin embargo, el arte sigue siendo un negocio millonario. Y, aunque es un argumento recurrente para el mundo del cine, los robos de arte existen y, a lo largo de la historia, ha habido algunos muy sonados.

MONA LISA, DE LEONARDO DA VINCI .

“La Mona Lisa”,  el cuadro más famoso del Museo del Louvre, protegido por un cristal a prueba de balas, frente al que pasan millones de personas al año y se esmeran en fotografiar, apilados tras el cordón de seguridad, fue robado.

Y esta historia, al igual que el enigma que oculta su sonrisa, es una de las razones por la que es una de las obras más conocidas de Leonardo da Vinci.

En agosto de 1911, un obrero que trabajaba en la institución,  descolgó “La Gioconda” de la pared del Salón Carré del museo parisino. El personal del museo se percató de la ausencia del cuadro al día siguiente. Según cuenta la Enciclopedia Británica, el ladrón fue interrogado, pero lo descartaron para centrar sus sospechas en Pablo Picasso,  sí, el famoso pintor español, al que la policía señaló como uno de los principales sospechosos.

Dos años después, Vincenzo Peruggia, el autor confeso del robo, ofreció la “Mona Lisa” a un marchante de arte en Florencia, que aceptó.

Peruggia viajó a la ciudad italiana con el cuadro en un bolso. El comerciante de arte contactó con la policía y, poco después, el cuadro volvió al museo.

Peruggia había trabajado en el Louvre instalando las coberturas protectoras de algunas obras. Aprovechando las medidas un tanto laxas de algunas salas, se escondió para permanecer allí más allá de la hora de cierre y, de noche, se hizo con el lienzo.

Según declaró después, su intención era devolver la obra al país natal de Da Vinci, Italia. Probablemente no sabía que la “Mona Lisa” había llegado a Francia de mano de su creador.

“RETRATO DE UNA DAMA”, DE GUSTAV KLIMT.

A finales de 2019, la joven dama, morena, que mira del lado de  su hombro izquierdo sobre un fondo verde, pintada por Gustav Klimt, pudo volver a ser admirada tras 22 años desaparecida.

Este cuadro de Klimt era uno de los más buscados desde que desapareció de la Galería Ricci-Oddi, en Piacenza, Italia, en 1997.

El robo desconcertó a las autoridades que, cuando encontraron el marco del cuadro en el techo, no encontraron una teoría plausible sobre la sustracción del lienzo.

A finales de 2019, durante las tareas de mantenimiento y limpieza del exterior de la galería, los jardineros encontraron la pintura envuelta en una bolsa negra, según  publicaba el tabloide británico The Guardian, escondida detrás de un panel de metal.

Dos hombres confesaron haber sustraído la obra y dijeron que la devolvieron como un regalo para la ciudad.

Se apunta a que devolvieron el lienzo porque ese era el plazo de tiempo para la prescripción del delito  y en la fecha en que se autoinculparon ya no podían ser detenidos.

“RETRATO DE ADELE BLOCH-BAUER”, DE GUSTAV KLIMT.

“Retrato de una dama” no fue la única obra de Klimt protagonista de un robo, aunque este fue diferente.

“El retrato de Adele Bloch Bauer”, una obra impresionante por sus tonos dorados, está ligado a una apasionante historia, en la los nazis están incluidos. Una historia que tiene su propia película.

En 1907, Gustav Klimt terminó de pintar el retrato de Adele Bloch-Bauer, que comenzó a petición del marido de ésta tres años antes.

En su testamento, la retratada estipuló que, tras su muerte, la pintura fuese expuesta en una galería de Viena, donde vivía.

Pero la II Guerra Mundial se entrometió en los deseos de la señora Bloch-Bauer. Tras la entrada de los nazis en Viena, el marido huyó dejando atrás el retrato y los alemanes, como era de suponer, se hicieron con el cuadro.

La pintura permaneció en Austria durante la contienda y,  al finalizar el conflicto bélico, el Gobierno austríaco se basó en el testamento de Bloch-Bauer para retener la propiedad del cuadro.

 Sin embargo, el marido de la dama dorada legaba esta y otras pinturas de Klimt que poseía a sus sobrinos. Y uno de ellos, María Altmann,  judía, que huyó de Austria y consiguió también la nacionalidad estadounidense tras la ocupación,  en 1998, comenzó la lucha por recuperarla.

En 2006, tras un proceso largo costoso y muy mediático, Austria devolvió todos los cuadros de  Klimt a Altmann, que vendió el retrato por 135 millones de dólares a un heredero del dueño de la firma de maquillajes, Estée Lauder.   

“EL GRITO”, DE MUNCH.

La obra titulada “El Grito”, del noruego Edvard Munch, es una de las obras más famosas de la historia. Pero, para alcanzar la versión que le satisfizo, Munch pintó hasta cuatro versiones. De ellas, dos han desaparecido en los últimos 20 años.

Una fue robada del Museo Nacional de Arte de Oslo, capital de Noruega, en 1994, el día que se inauguraban los Juegos Olímpicos de Invierno que se celebraban en la localidad de Lillehammer, en el centro del país.

Los ladrones, según diversos medios, dejaron una nota que decía “gracias por la poca vigilancia”. Los perpetradores pidieron un rescate de un millón de dólares, que las autoridades declinaron ofrecer. Pocos meses después, la pintura fue recuperada.

Diez años después, en 2004, otra versión de “El Grito” corrió la misma suerte. Según cuenta la Enciclopedia Británica, ladrones, que portaban armas y amenazaban a los trabajadores del Museo Munch en Oslo, arrancaron el cuadro de la pared y salieron con él.

Dos años después, la policía recuperó la pintura, que había sufrido algunos daños, y arrestó a los delincuentes.

Por Manuel Noriega.

EFE/REPORTAJES

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